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Es un mito de procedencia indoeuropea, posteriormente
cristianizado, que parece proceder etimológicamente
de "hostis antiquus", que para Constantino
Cabal sería un ejército o multitud de
almas, de carácter maligno, mientras que Aurelio
del Llano lo traduce como "hueste antigua = ejército
de diablos". De hecho, en las viejas mitologías
de esta área indoeuropea, hallamos divinidades
como Votan, que conduce un ejército de almas;
curiosamente, Álvarez Peña ha constatado
que en Pravia y lugares cercanos, la "Güestia"
se acompaña de "la pirriría",
es decir, un cortejo macabro de muertos y de perros.
Por tanto, podemos describir la Güestia (más
usado en la zona centro?oriental de Asturias, aunque
en Llanes es la Estantigua) o Santa Compañía
(en Occidente, aunque también se le conoce
como "Guáspida" en Cudillero; "Hostia"
entre los vaqueiros y "Bona Xenté) como
una procesión nocturna de almas en pena, que
son seres incorpóreos, que portan cirios encendidos
que, vistos de cerca, son huesos humanos; hacen sonar
la campanilla que anuncia su paso y a veces se les
vio portando un cadáver. Así, como dicen
en Tineo, La Houstia es una procesión de almas
que portan huesos encendidos como cirios y caminan
en busca de nuevos muertos; sólo se acercan
a la iglesia el día de Difuntos, lo que refuerza
la idea de que se trata de una procesión diabólica.
A aquellos con los que se topan, acostumbran a murmurarles:
"Andai de día, que la noche ya mía"
o "Condo tábamos vivos andábamos
a estos figos; ahora que tamos muertos, andamos por
estos güertos". Si algún incauto
recibía el cirio que le ofrecía un alma,
debía devolverlo cuando volviese a pasar o
estaría condenado a morir en el año.
El carácter astur, pronto a pasar de fanfarrón
a medroso, halló pronto respuesta a tan infernal
procesión, que consistía en encerrarse
en un círculo trazado en el suelo, o echarse
cuerpo a tierra sin mirarles a la cara. El popular
temor a las ánimas fue desapareciendo paulatinamente
al proliferar las procesiones y rezos de las Cofradías
de Ánimas, que tanto proliferaron en Asturias
en los s. XVII-XVIII.
Dicen los folkloristas que al lado del mito se mueven
bromistas o incluso frailes, en busca de más
misas de ánimas, como le han relatado a Alberto
Álvarez Peña algunos vecinos de las
aldeas de montaña de Cornellana; o la que transcribe
Alfredo Álvarez de San Cristuobo (Villayón):
un paisano vio venir luces hacía él
y sacando el bastón, las retó: "Sodes
ánimas en pena o sodes xente que quier tolena",
y se esfumaron las luces. Pero en el sentir popular,
son los difuntos que vuelven, para reparar faltas
o pedir misas, como el mismo autor constató
en Aldín (Valdés) o Llanera o nosotros
mismos en las aldeas de Boal. Sin duda, guardan relación
con este mito los temores nocturnos a los cementerios;
el respeto a los fuegos fatuos, que en los pueblos
marinos de Occidente creen que son las almas de los
ahogados (según J. E. Casariego); el reverencial
temor a las apariciones de los enterrados con hábito,
que no descansan hasta que se les quita, como hemos
oido contar en Puerto de Vega en nuestra niñez:
Chaman a la puorta. ¿Daquén será?
Nun ya nadie, xá se foi. Nun me vou, nun me
vou, nun me vou, que ná primeira escaleira
tóu"; el "güerco" o despedida
del moribundo de sus amistades o el poco conocido
mito del "carro de la muerte".
En relación con este mito, hay otro muy extendido,
el de 'LA PANTASMA", que en Tineo es un caballero
que murió en pecado tras un adulterio al caer
del caballo y vaga por los bosques en su blanco rocín;
en el pueblo de Pedra, de la parroquia de Valdepares
(El Franco) está la leyenda de la "Luz
del Arca", según la cual un hidalgo cruel
murió en pecado y su alma vaga por los pantanos
en forma de fuegos fatuos. En Vega, el fraile de piedra
que preside un nicho tiene un libro en la mano también
de piedra, pero si lo miras al día siguiente,
ha cambiado la página; en Coaña, los
huesos de un fraile, esparcidos por donde estaba el
antiguo cementerio, se juntan de noche y el espectro
vaga por aquellos parajes; aún más conocidas
son las leyendas de la torre de Villandás y
del torreón de Coalla, ambas en Grado, como
cita A. Peña; en la primera había un
fantasma que atemorizaba a los vecinos, que un buen
día derribaron las ruinas; en el segundo, dicen
que aún mora el espíritu de Gonzalo
Peláez de Coalla, el levantisco noble medieval.
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