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La licantropía o proceso de reconversión
del ser humano en un lobo es un fenómeno conocido
desde la más remota antigüedad; así,
suele recurrirse para explicar el origen del mito
a rituales célticos en honor de una divinidad,
Lug, personificada en el lobo, y en ciertos ceremoniales
propios de las Lupercales romanas, coincidentes con
el ocaso invernal; el mismo trasunto se ve en la mitología
griega, con el rey Lycaón de Arcadia convertido
en lobo por decisión de los dioses. El fenómeno
se extiende por toda el área indoeuropea: los
"gerulf" galos; "wer-wolf" ingleses;
"loup-garou" franceses, etc, según
el testimonio que R. Baragaño recoge de M.
Menéndez y Pelayo.
Tanto en el territorio vecino de Galicia (el "lobis-home")
como en el occidente de Asturias, se cree que el origen
de la conversión de los humanos en lobos se
debe a una maldición, pues en un matrimonio
donde todos los hijos son del mismo sexo, al llegar
al séptimo o noveno, éste nace con este
estigma, a no ser que le apadrine el hermano o hermana
mayor, según sean varones o hembras; Álvarez
Peña añade aún que los hijos
ilegítimos, máxime si eran de un cura,
podían estar expuestos a la transformación,
por lo que se les orinaba sangre por encima. La maldición
tiene caducidad, ya que a los siete años se
rompe el maleficio, pues de no ser así el alma
se vería condenada eternamente.
La transformación física ocurre generalmente
de noche, en días señalados (miércoles,
viernes), que otros autores discuten; el rito mágico
de conversión y, en su caso, de desencantamiento,
coincide: el sujeto se revuelve en el polvo, como
si de alguna manera quisiera empaparse de los poderes
telúricos de la madre-tierra, a la que se los
devuelve en su integridad cuando ha pasado el tiempo
prefijado de siete años.
Mientras algunos autores consideran que los hombres-lobo
siguen conviviendo con los demás, ya que recuperan
su forma humana tras las crisis pasajeras, otros mantienen
que los "lloberos" viven con las manadas,
convirtiéndose en sus líderes, ya que
pueden utilizar simultáneamente el instinto
animal y la inteligencia humana. Así, el "lobishome"
gallego, que se extiende por el occidente asturiano,
es, según descripción de A. Peña,
mitad humano y mitad cánido, sus brazos y piernas
son muy largos, tiene unas enormes garras y puede
ser bípedo u cuadrúpedo, según
las circunstancias, con ojos rojos y sesgados que
se tornan verdosos con la luz de la luna; su ataque
a los humanos es despiadado y bestial, siendo creencia
extendida que su herida se infecta y no cura. Ramón
Sordo recoge la leyenda de los lloberos e Burbudún
(Llanes), que eran los líderes de la manada,
pues se habían criado entre ellos, y A. Peña
la de los "llobos meigos" de Mieldes, etc.
(Cangas del Narcea), que sólo se volvían
lobos por las noches.
Una de las más curiosas noticias sobre este
fenómeno nos la proporciona el mismo autor
en Tormaleo (Ibias), aunque la leyenda, que ya antes
había recogido Aurelio de Llano, está
extendida por toda Asturias, como hemos podido constatar
en concejos de Navia, Castropol, etc. Es la del "llobo
la calza", que las madres aún cuentan
a sus hijos pequeños: un rapacín gustaba
mucho de comer carne; un día, su padre le maldijo
con estas palabras: "Lástima te fagas
llobo, pá que te fartes de carne". Y así
ocurrió, pero la transformación fue
tan inesperada, que al lobo no le dio tiempo a quitarse
una de las calzas, de ahí su nombre; a los
siete años, tras el habitual revolcón
en el polvo, el joven recuperó su presencia
normal. Otra noticia que el citado autor recogió
en Belmonte, nos cuenta que un joven se convirtió
en "lobo cerval o cervante" por maldición
de su padre; perseguido en una montería, cayó
en un pozo y se desencantó.
¿Hay algún conxuro para acortar la duración
de la maldición? Ya hemos visto que sí
en la leyenda anterior. Los procedimientos, según
vemos en la tradición gallega, son muy variados:
quemarle la piel en el mismo momento de la transformación,
o herirlo con bala de plata bendecida; o hacerlo sangrar
con una rama de acebo bendita en Ramos; si el caso
es de suma gravedad, no había más remedio
que matarle y después quemarle.
Hay hombres-lobo, como hemos visto, pero también
mujeres-lobo, las "lloberas", como la famosa
"llobera" de Posada de Llanes. Esta joven,
llamada Ana María García, había
sido maldecida por su padre y se marchó por
las majadas con los pastores. Catalina González,
famosa bruxa de Bricia (Llanes) la transformó
en llobera, en el momento de morir, según ella
misma refirió ante el tribunal inquisitorial
en 1648.
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