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Personaje mitológico de marcado acento indoeuropeo,
ya que con ligeras variantes aparece en todas las
regiones de lo que hemos dado en llamar "ecúmene
cultural oceánico", que en Europa coincide
con los territorios bañados por el océano
Atlántico y el mar Mediterráneo. Así,
en un primer acercamiento al personaje, advertimos
su coincidencia básica con los renombrados
Cíclopes de la mitología grecorromana,
especialmente el taimado Polifemo, que a tantos y
tan duros trabajos obligó a los héroes
de "La Odisea". La mención más
antigua del "Patarico" aparece en la obra
de los eruditos del occidente asturiano Bernardo Acevedo
Huelves y Marcelino Fernández, que nos lo presentan
como un gigante de apariencia horrible y dotado de
una inmensa fuerza, provisto de un único ojo
en la mitad de la frente, cuya única obsesión
es provocar el naufragio de los barcos donde huelen
"a cristiano"; aún cuando reconocen
que vive habitualmente en un país lejano, centran
el campo de sus fechorías en el litoral cantábrico
de entrambasaguas; es decir, entre los ríos
Eo y Navia.
La mayoría de los estudiosos de nuestra mitología
coinciden básicamente en la descripción
de los rasgos físicos y de las acciones habituales
del "Patarico". Alberto Álvarez Peña,
como nosotros mismos, buscó su rastro por los
pueblos costeros, hallando pocos recuerdos del mismo,
si se exceptúa el uso habitual del término
para definir a los niños muy inquietos y traviesos;
así, en los territorios bañados por
el Navia, decimos habitualmente: "Ese neno é
como un patarico, nun tén parada". Aún
así, se detiene en la descripción del
personaje, abundando en los detalles que ya habían
proporcionado los mencionados B. Acevedo y M. Fernández,
añadiendo queestán dotados de un olfato
realmente especial para detectar náufragos,
a los que luego tragan crudos y aporta la circunstancia
no conocida de que parecen disponer de grandes tesoros
escondidos. Quizá en este contexto debemos
situar la conocida leyenda del Rey Castro, centrada
en el maravilloso Castro costero de Cabo Blanco (El
Franco), dotado de unos prodigiosos fosos defensivos,
donde José Máximo Fernández sitúa
una lucha sin cuartel entre este gigantón y
los no menos portentosos "Mouros" que le
atacan, obligándole a construir con sus enormes
manos los cuatro fosos aún visibles. Aún
así, ésta mínima, casi nula pervivencia
del mito en el recuerdo popular, llevó a Ramón
Baragaño a considerar que el mito se había
esfumado en la segunda mitad del siglo anterior, aunque
aún es muy popular en toda Asturias el cuento
de la niña que le clava el hierro candente
a un cíclope y se escapa disfrazada de oveja
y, cuando él le sigue orientado por el anillo
mágico que ella lleva, se corta el dedo y lo
tira al río. Él se despeña y
muere, quedando ella como dueña de sus riquezas,
según actualización del mismo por A.
Peña.
Muchos de nuestros etnógrafos, como R. Baragaño,
L. Castañón, etc., los ponen en relación
con otros personajes similares de nuestra área
cultural, como son el Tártalo vasco y el Ojáncano
cántabro. Así, Xuan X. Sánchez
Vicente lo relaciona con éstos y con el Polifemo
clásico, considerando que viene a representar
el ancestral temor a lo indomable y desconocido.
Diremos que los Tártalos vascos eran cíclopes
de gran corpulencia, malignos y antropófagos.
Y los Ojáncanos cántabros eran unos
seres malvados, que destruían todo lo que hallaban
a su paso. Físicamente, podemos describirlos
como gigantes de más de cuatro metros, con
el rostro redondeado, cubierta su piel de sucia y
pavorosa pelambrera, luce largas barbas de color rojo,
igual que su desgreñado cabello; están
dotados de un único ojo, que a la noche brilla
con un color rojo espectral. En sus correrías
por el bosque, se les prenden las barbas y el pelo
a las ramas de los árboles, a los que levantan
de sus raíces en el paroxismo de su furia incontrolable,
a la vez que pueden desviar el curso de los ríos,
destrozar graneros, etc. Viven en cuevas profundas,
cuya entrada disfrazan con maleza o rocas, para que
nunca les hallen los humanos. Viven de las bayas,
bellotas, etc, que hallan en el bosque, pero también
acostumbran a robar, de noche, el ganado y las panojas
de los campesinos, para lo que a veces se disfrazan
de ancianos pobres. Su punto vulnerable es una única
cana blanca en la rojiza barba; si se le arranca,
se sume y no reaparece más. Su correspondiente
femenino es la Ojancana, dotada de una cabeza inmensa
y dientes sucios y retorcidos, especialmente uno inferior,
similar al colmillo del jabalí. Vive de comer
animales del bosque, aunque prefiere chupar y devorar
a los niños perdidos en el bosque. De apariencia
horrible, tiene unos pechos inmensos, que carga a
la espalda cuando camina, lo que le da apariencia
tan feroz que los aldeanos cántabros le dejaban
en sus supuestas cuevas trozos de carne, leche fresca,
etc. Muy conocidos en el oriente asturiano, se les
mete miedo a los niños con ellos, según
recoge Ramón Sordo en Buelna (Llanes).
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