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Es un mito relacionado con el mar y, por tanto, de
difusión limitada en gran medida a los pueblos
de tradición marinera. De la antigüedad
de este mito de claro carácter indoeuropeo,
nos da idea de su presencia en mitologemas milenarios,
como en la antigua Grecia, donde se nos presenta originalmente
como de apariencia medio humana, medio de ave, que,
como indica Elviro Martínez, guarda evidente
relación con el viejo mito de Perséfone
(la Proserpina romana) y todo el trasunto de los cultos
mistéricos que se celebraban en el templo de
Eleusis; con el tiempo, la sirena pasó a sustituir-sus
atributos aéreos por marinos-; así,
aún en la mitología griega, nos encontramos
con la épica hazaña de Jasón
y sus Argonautas que, en busca del vellocino de oro
en La Cólquida, topan con ellas, pero Orfeo,
hábilmente, canta más alto que ellas
y ahoga sus melodiosos cantos, que no fueron captados
por la tripulación; por fin, encontramos a
las Nereidas, hijas de Nerco, que en las aventuras
de Ulises descritas magistralmente por Homero en el
canto épico "la Odisea", obligan
al héroe de la guerra de Troya y rey de Itaca
a taparse los oídos con cera y a atarse fuertemente
a los mástiles del barco para no sucumbir a
la tentación de arrojarse a las aguas en su
busca, subyugado por sus dulces y traidores cantos.
La dualidad de este mito, como de cualquier otro
que tratemos, queda claramente de manifiesto en la
circunstancia de que la sirena o serena podría
parecer benéfica, dado que endulza con sus
melodiosos cantos el tedioso viaje oceánico,
pero, a la par, aprovechándose del candor y
ensimismamiento de los marinos, muestra su rostro
maligno, engañándoles y haciéndoles
adentrarse en el proceloso mar, donde hallarán
una terrible muerte.
El mito de la Sirena/Serena, ha dejado en Asturias
una huella imborrable. Una clara muestra de ello nos
la ofrece la excelente sillería del Coro de
la Catedral de Oviedo, desgraciadamente diezmada por
incuria y abandono y, afortunadamente, recuperada
parcialmente gracias al tesón de un entusiasta
matrimonio norteamericano. En ella, hallamos una doble
muestra confirmatoria de los asertos anteriores: en
una de las iconografías, nos encontramos con
la serena-ave (que tiene su parangón en el
norte peninsular en las Lamiak vascas) y, en otra,
con la serena-pez.
El ilustre erudito franquino Marcelino Fernández
refiere que era habitual la presencia de una "serena"
en el Cantábrico, enfrente de las costas de
Porcía, la cual tenía una declarada
inquina a sus vecinos terrestres, a los que aterrorizaba
provocando enormes marejadas y galernas, causa a su
vez de sangrientos naufragios y accidentes marinos,
a la vez que se la oía cantar los días
más nublados en las rocas de aquel maravilloso
paisaje costero. De ahí procede, sin duda,
el conocido cantar popular, que, con ligeras variantes,
hemos escuchado de boca de nuestras gentes marineras,
que dice así: "N'el medio de la mar, oín
cantar la serena; válgame Dios que ben canta
úa cousa tan pequena".
Preciosa y poética es la leyenda valdesana
del "Gaviluetu", que tan magistralmente
describió J. E. Casariego y que consiste en
que una bella serena que se peinaba en el roquedo
luarqués se prendó de un invasor vikingo
y tuvo un hijo; repudiada luego por el amante, la
serena languideció y murió de pena,
quedando el niño a merced de los peligros de
la mar y de los depredadores. Pero, las gaviotas se
compadecieron de él y lo llevaron en raudo
vuelo a la torre de la iglesia de santa Eulalia, de
donde fue rescatado por el cura, que le cuidó
y, cuando fue mayor, sintió la llamada de las
armas y se fue a guerrear a Portugal contra los moros
y allí se casó con una bella infantina
lusa. La leyenda surge y se desarrolla en un escenario
histórico, ya que son conocidas las andanzas
de los pueblos nórdicos cuando el primer milenio
concluía, bien asolando nuestro litoral, bien
abriendo nuevos mercados para su floreciente comercio.
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