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Hemos de decir, previamente, que el mito del Sumiciu
(en el occidente, Sumicio) es un mito muy discutido
por los folkloristas tradicionales y provocó
enconados debates entre los que defendían su
existencia y asturianismo, como Rogelio Jove y Bravo
o, más recientemente, Constantino Cabal; o
aquellos que se empeñaron empecinadamente en
negarle tal carácter, considerándole
cuanto menos un producto de la fértil imaginación
de los primeros estudiosos, postura defendida ardorosamente
por Aurelio del Llano, que incluso propone como posibles
mixtificadores a Tomás Agüero y Gumersindo
Laverde, dos de los pioneros en el estudio de los
mitos astures. Nuestra postura, lejos de las viejas
disputas ideológicas de entonces, tiene un
carácter ecléctico; es decir, sin contradecir
los argumentos de los que niegan la existencia de
este mito, entendemos que un mito existe cuando el
pueblo cree en él y le nutre de leyendas, cuentos,
etc., lo que le confiere una personalidad y una existencia;
quizá Aurelio del Llano acierta, al menos parcialmente,
en el fondo del asunto, -decimos sólo parcialmente,
porque este mito no es sólo propio de nuestra
región, luego no se trata de un invento-, pero
en cualquier caso el pueblo le ha conferido una apariencia
real y lo ha colocado así en nuestro particular
Olimpo de los mitos.
Podríamos definirlo diciendo que el Sumicio
es muy similar en todo al trasgu/trasno, pero con
una clara diferencia, que es la de ser invisible físicamente,
a la par que hace desaparecer las cosas y puede ser
dañino para las personas; este carácter
dual, que encarna la eterna lucha entre el bien y
el mal, es consustancial al mito y lo podremos constatar
en todos los estudiados.
Decíamos que el Sumicio acostumbra a hacer
que las cosas desaparezcan de manera especial aquellas
que, en un determinado momento, resultan imprescindibles.
Así, cuando se precisaban unas tijeras o un
cuchillo en la casa y no aparecían, la malhumorada
ama murmuraba:
"Paez que lo llevóu el sumicio".
Así lo hemos oído multitud de veces
en nuestra propia casa y así lo atestiguan
algunas curiosas historias, como aquella en que la
devota señora que entra en la iglesia y va
a rezar el Rosario y no halla el suyo, estando segura
de haberlo traído con ella, por lo que exclama:
"En mi vida nunca oín qu'en la iglesia
entrase´l trasno; pos si él nun entra
eiquí, quen me garróu el rosario".
Pero el Sumicio no se conforma con hacer desaparecer
las cosas, que no pasaría de ser el lado más
o menos desenfadado de su actuación, sino que
tiene poder suficiente para hacer daño, "sumiendo"
a las personas, casi siempre niños ("sumir"
es sinónimo de desaparecer, pero en sentido
de progresión, no con carácter instantáneo).
De ahí procede el conocido dicho popular, muy
repetido aún entre nuestras gentes: "Mal
sumicio te suma" (o esta otra variante: "Mal
sumicio te lleve"). Por tanto, está provisto
de unos efectos dañinos y letales, como si
de un poderoso virus se tratase, lo que le asemeja
a otro mito poco conocido, el de los "Malinos",
sobre el que Alberto Álvarez Peña ha
hecho decisivos estudios.
Aunque el Sumicio es más perverso que el trasno
y resulta muy difícil deshacerse de él,
siempre hay una posibilidad y en este caso, se trata
de la oración de San Antonio, la cual, si va
acompañada de una dádiva, da un resultado
sorprendente, ya que se halla pronto lo perdido, que
se atribuye por las gentes no a un mero mecanismo
de estimulación mental, sino a la acción
benéfica del milagrero santo, que bloquea los
perversos poderes del Sumicio. Bien sabido que al
rezar la oración no se puede cometer ningún
error, pues entonces el objeto deseado nunca más
aparecerá. En Somiedo y otros lugares, aparece
en acción la "riestra" de ajos, ya
que, en el trasfondo de nuestros mitos siempre se
encuentran las ánimas, las brujas y... los
diablos.
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