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Es un mito que, en una clasificación elemental,
se puede considerar vinculado a la casa. Parece claro
su origen indoeuropeo, ya que con mínimas diferencias
en sus manifestaciones, aunque con muy diferentes
nombres es conocido en toda la cornisa atlántica
y mediterránea de Europa (duendes, gnomos,
el travieso follet de las Baleares, etc .... ). Es,
pues, una especie de duende familiar, que se nos presenta
físicamente como un hombrecillo pequeño,
delgado, de ojos como fuego, cojo, tiene los dedos
y las uñas muy largos, que viste casaca roja,
lleva montera colorada y tiene cuernos, rabo y un
agujero en la mano. Personajillo tan curioso, parecería
a primera vista que es totalmente inocuo; pero, sin
embargo, es el causante de muchos quebraderos de cabeza
en las viejas casas de aldea, ya que, cuando se enfada
o por el mero hecho de divertirse, genera molestos
ruidos nocturnos, descoloca o rompe los cacharros
de la alacena, altera al ganado, etc., si bien es
cierto que todos sus destrozos se disipan al volver
el alba.
Cuando pasa el tiempo, resulta tan molesto, que algunos,
para deshacerse de él, se mudan de casa, pero
él les sigue a la nueva morada, diciendo: "Xá
que todos vais de casa mudada, tamén veño
you con la mi gorra encarnada". Pero, en cambio,
hay tres pruebas que se le resisten y, descorazonado,
deja de molestar a las gentes de la casa: se le ordena
traer un "paxu" de agua en la mano, que
se le escurre por la mano, lo que le genera un mal
estado de ánimo; traer un copín de linaza,
que lleva el mismo camino que el agua; por fin, se
le dice que "restriegue" en el río
una pelleja de cabra negra hasta que quede blanca
como la espuma: Avergonzado íntimamente de
su fracaso, se marcha y no vuelve más. Más
o menos, aunque con algunas variantes, así
era el procedimiento general para deshacerse de tan
incómodo inquilino, aunque hay variedades:
en Boal, es mijo el que se le manda recoger del suelo
y se le cae por el "furao"; en Cadavedo,
igual que en la mariña lucense, es el maíz
el que se le escapa por la "mano furada".
En Asturias, es tan corriente como las pitas en el
corral, y tiene casi tantos nombres como pueblos hay
en nuestra tierra: así, en el occidente de
Asturias es llamado "Trasno" y son conocidas
y sufridas sus andanzas o trasnadas; en Boal se le
conoce como "Xuan dos camíos" y es
un "ferreiro" excelente, siendo conocida
la vieja creencia de que los mejores clavos salidos
de la ferrería de Armal eran obra suya; en
el valle del Navia, especialmente en las zonas altas,
es el Pisadiel de la mano furada"; en el sudoccidente,
se le conoce como "el papudo" o "cornín",
que gasta continuas bromas y pellizca a las mozas,
etc., según descripción de J. E. Casariego;
por Fin, en la zona de las cuencas mineras del Nalón
y Caudal, es el "meque" y en Cornellana,
Salas, Grado, se le llama también "Pedrete".
En todo caso, no ha de confundírsele estrictamente
con el "duende"; si bien comparten algunas
características, éste responde más
bien a la pervivencia de creencias relacionadas con
los espíritus familiares.
Los folkloristas han recopilado infinidad de cuentos,
leyendas y consejas que tienen al "trasno"
como protagonista. En el dibujo adjunto se representa
una de las muchas que fue recogida por el inolvidable
Aurelio del Llano en Duyos, aunque este trasunto es
común a toda la región y así
la hemos oído en el occidente asturiano: en
una casa, el trasno traía de cabeza a los moradores,
pues además de sus trasnadas, les robaba la
comida, especialmente los dulces y tortas, pues era
muy goloso. Un día, el marido decidió
acabar con aquello y se puso las sayas de la mujer
y un pañuelo negro a la cabeza y se puso a
filar al calor del "llar", donde se cocía
una exquisita torta. Al rico olor acudió el
trasno y, algo inquieto por la desconocida apariencia
del ama, dijo: "Oye, oh, ¿ténes
barbas y'a filas?". Él, para no descubrirse,
dijo escuetamente: "Sí". Ya algo
mosqueado, dijo el trasno: "¿Tás
filando y´a nun comes, oh?". Él
volvió a responder: "Sí".
Entonces, excitado por el hambre y por las sospechas,
agarró la torta con las dos manos y echó
a correr, mientras el paisano lo zurraba de lo lindo
y la torta le abrasaba sus manos, gritando y diciendo:
"¿Uy, uy, ey, para xá que me queméi".
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